Friday, August 3, 2007

el testigo



De niña solía esconderme en los lugares más absurdos de la casa y frecuentemente buscaba sitios de escasa luz, pero cuando todos mis rincones dejaron de ser secretos, encontré un lugar de proporciones descomunales, completamente ajeno a la mirada entrometida de alguna tía adefesiosa...

En casa de mis abuelas los baules eran una herramienta fundamental para mantener el orden de su hogar, muy común resultaba toparme con ellos en los pasillos llenos de sábanas, cobertores, cortinas, libros o jugetes olvidados.

Para mi, cada baúl era un nuevo mundo y claro tenía mis favoritos...

Uno de ellos, ocultaba los secretos de la familia, estaba celosamente oculto bajo la cama de la mamitere, decían que allí guardaba todo su dinero, pero sólo Yo me atreví a abrirlo una tarde... aquella mujer de rizos oscuros y espigada figura había seleccionado pequeños instantes de la vida de sus hijos: rizos de cabello, dibujos, cartas, tarjetas... no había monedas de oro, ni joyas o bonos... sólo pruebas amorosas del cariño que le inspiraba su familia.

Mis travesuras fueron descubiertas con el tiempo, pero no recibí castigo alguno, quizás no lo recuerdo... mi curiosidad llamó la atención de mis abuelas, ellas se preguntaban porque yo insistía en dormir la siesta entre las sábanas limpias al interior de los baules, mientras tanto yo me las ingeniaba para burlar sus seguridades y al menor descuido me ocultaba en ellos.

Nunca sabré si mi insistencia o su poca paciencia fue lo que determinó este evento, un día cansadas de buscarme en todos los baules de la casa decidieron regalarme el que más me gustara, pero para tenerlo debía prometerles que suspendería mis siestas en el baúl de la ropa blanca... aquella niña que fui escogió,ante la mirada preocupada de mis abuelas, un baúl lleno de stickers con nombres de lugares lejanos y figuras llamativas abandonado en el cuarto de la terraza.

Dentro de ese baúl sólo habitaban las arañas, mas me intrigaban mucho las palabras que estaban pegadas a sus paredes de cuero negro, quise saber más pero sólo el papienzo respondió mis preguntas... abrió un atlas pesado y en mapas de colores me explicó la ruta que ese baúl había recorrido antes que yo lo llamara mio...

Mi baúl surcó océanos y mares, recorrió amplios campos en tren, guardó en su estómago todas las ilusiones de un tío aventurero y fue el único testigo de su solitario viaje... tiempo atrás mucho antes que yo naciera el baúl había regresado a la casona de mis abuelos sin la compañía de su propietario, desde aquel día este cajón con herrajes de plata fue desterrado al cuarto de los trastes en la terraza... quise saber más, pero papienzo dijo que eso era todo lo que podía contarme...

Me emocionaba todo lo que podría guardar allí lejos de las manos destructoras de mis primos... mis libros, mis crayolas, mi proyector de películas, mis rocas, mis caracoles, mis mariposas, mis chocolatinas, mis rompemuelas, mi cometa e incluso yo misma cabía, pero la historia del tío y sus aventuras continuaba girando en mi cabeza...

4 comments:

Juan said...

Lindos recuerdos. Suben a mi memoria aquellas travesuras que hicieron de mi una burbuja de libertad. Los fuentones de lavar la ropa a modo de pileta de natación conforman algo similar.
Los recuerdos tienen ese fundamento en los que no somos pero creemos serlos, adultos: juntarnos en placentero poso de los niños.
Gracias por visitarme, gustoso de hacer lo mismo por estos lugares.
Abrazo desde Argentina…

Juan said...

Lindos recuerdos. Suben a mi memoria aquellas travesuras que hicieron de mi una burbuja de libertad. Los fuentones de lavar la ropa a modo de pileta de natación conforman algo similar.
Los recuerdos tienen ese fundamento en los que no somos pero creemos serlos, adultos: juntarnos en placentero poso de los niños.
Gracias por visitarme, gustoso de hacer lo mismo por estos lugares.
Abrazo desde Argentina…

Dragonfly said...

Que linda historia de tu niñez, me imagino todo lo que representa para vos ese baúl hoy y todos los recuerdos que te ha de traer.

Besos ;)

Carlos Paredes Leví said...

Me contaron de uno (hace años en un pueblito del levante español) que como no sabía apagar la radio, la metía dentro de un baúl.